28 de septiembre de 2008

La tempestad de las luces finales

Llueven las estrellas del cielo.

Que no te sorprenda, querido amigo, pero en un atisbo se ha caído el firmamento sobre nosotros. Piden vehemencia los cielos superiores y los abismos ciegos, pero el firmamento ha decidido caer, pesado, sobre la existencia de los que son.

Llueven las estrellas del cielo.

Se nos escabulle el tiempo. Estallan los segundos y los minutos se despiden. Los meses, anecdóticos. El tiempo se pierde en un horizonte que ya no existe, pero se pierde. Se detiene el planeta y la historia ya no es, o lo es todo y se ahoga en su propia verdad. Nos hundimos en capítulos perpetuos, en un presente infinito, en un pasado que se contrae y un futuro que se disuelve.

Llueven las estrellas del cielo.

Cae la lluvia intentando alivianar nuestro pesar. Caen, también, los astros celestes. Se iluminan las ciudades y los campos, los océanos y los desiertos. Nos fundimos, obligados, con la tierra. El espacio nos comprime y nos abandona, nos deja sin dimensiones, sin saber, sin leyes y sin distancias. Se ahoga una garganta pidiendo clemencia.

Y llueven las estrellas del cielo.

Brilla la sabiduría histórica y nos hace recordar. Marcha la humanidad en una procesión dividida; cede el tiempo y grita el espacio. Filas que abrazan la tierra, la Tierra. Detienen su marcha los planetas para mirarnos.

Se extingue el sol y la vida queda en silencio. Queda sola. Se apaga la luz y todo se resume a nada.

Han llovido las estrellas del cielo.