18 de agosto de 2008

El auditorio de los vidrios rotos

Fluye la razón, inunda una habitación dividida. ¡Mirá los escalones, auditorio poblado de seres curiosos! La gravedad los mantiene atados a un suelo astilloso; lloran y preguntan: les responden y los turban. Confusión como ley primera, fe ciega como segunda. Entendimiento como pretexto. ¿No ves que todo se explica?

¡Qué claro, qué lógico, qué sencillo!

El mundo se estremece y el cielo extiende su mano en silencio. ¡Tómenla! La ignoran. Estalla una burbuja de polillas y todos pierden los ojos. Hierve la ley en la imaginación mutilada.
¡No se permite vomitar! Caigan, pero sonrían, y entiendan. Sean perfectos en un mundo que no lo pide. ¡Expliquen lo inexplicable, llenen los años de raciocinio, de eternas búsquedas solitarias! Que no quede lugar para lo incierto, para lo sorprendente, para lo ingenuo.

¡Retírense a la intimidad y piensen!

Se ve; él. Se ve; ella. Sangran los muros y se avergüenza el espejo en su simetría perfecta. Y se oyen las olas del mar, los témpanos del norte y del sur, los desiertos ligeros y las tormentas que vienen. Sueltan un canto ahogado que grita:

¡Que florezca un capullo de plomo en sus mentes, que una soga los abrace por siempre, que el cristal los acaricie, con cuidado, llorando sin que lo vean! ¡Se lo merecen!