Me invitaste a jugar con un espejo. Yo, pesado, acepté, sabiendo que no muy lejos llegaríamos. Vos me mirabas, desde tu espejismo lejano, y yo avanzaba, como queriendo tocarte, como queriendo sentir el frío de tu fragmentado interior. Eras una. Yo, varios. Doblaba en cada esquina de tu imitada realidad y vos sonreías, pero no me mirabas. Yo te oía, y tocaba el recuerdo difuso de tu presencia. Era uno, pero estábamos juntos. Ellos nos miraban desde su lejanía simétrica, y nadie cuestionaba que éramos iguales, nadie sabía de qué se trataba.
Me invitaste a jugar con un espejo, y yo, confiado, acepté. El sentido se había despedido y nuestra cordura brillaba por su ausencia. Nadie sabía que hacíamos. Nosotros menos. Ellos estaban totalmente seguros. Nos imitaban bien, y nosotros, tontos, intentábamos confundirlos.
Me invitaste, sí. Aún me pregunto por qué acepté.
Bailabas y tu reflejo se reía de vos. A mí me destrozaba, y vos tan indiferente como siempre..
